BIOGRAFÍA DE
MADRE CECILIA CROS
1902. Acaba de comenzar el siglo y en el seno de una familia ampurdanesa, trabajadora, cristiana, feliz, se vive un gran acontecimiento. A la familia Cros-Gurnés les ha nacido otra hija, la quinta, y el ritmo del trabajo de cada día se ha visto transformado en fiesta, una gran fiesta de gratitud. El nombre ya fue un buen augurio: Engracia, Gracieta la llamarán familiarmente en casa, y llena de gracia será hasta el día de su muerte en 1959.
En el pueblo, la vida de la familia del "Molí" está hecha a base de mucho amor, honradez, trabajo, fe, alegría, esfuerzo, decisión. En este clima crece la que después será M. Cecilia. En su casa puso las bases de su personalidad firme, de su gran capacidad de comprensión y exigencia, de su fe honda, de su decisión por la causa del Evangelio, rasgos que tanto admiraron cuantos la trataron de cerca.
Dios, que todo lo prepara cuidadosamente, quiso que el primer contacto de Gracieta con la Congregación fuera en su mismo pueblo. La directora del Colegio que las Hijas de la Santa Casa de Nazaret tenían en San Llorenç de la Muga era la M. Pilar Mas; y a ella le dijo Gracieta el día de su primera comunión: "Madre, vull ser monja". M. Pilar tomó muy en serio el deseo de su alumna y tuvo la dicha de poder ver hecho realidad aquel deseo infantil. Su alumna de Sant Llorenç será su brazo derecho, la que deseará como sucesora y la que en 1949, tomará el relevo en el gobierno de la Congregación, cumpliendo muchos de los deseos que ella sólo alcanzó a intuir.
El estudio, la música, el arte, el teatro, la cocina, la costura, todo se le da bien a la que siempre lo pondrá todo al servicio de todos y pedirá lo mismo a sus religiosas. Para la evangelización todo es importante.
Su hermana mayor, Antonia (M. Soledad), se marcha con las religiosas cuando estas dejan el pueblo en 1920. Gracieta busca el momento de seguir también ella su vocación y una postal de M. Pilar Mas con estas sencillas palabras: "Jesús, María y José, la esperan, ¿hasta cuando?", es el instrumento que precipita la decisión. El 17 de enero de 1927 comienza su vida en Nazaret, la que hará de toda su vida otro Nazaret.
Al comenzar el noviciado, recibe el hábito y el nombre de Cecilia, el nombre con el que será conocida de aquí en adelante, aunque para sus religiosas, después de ser nombrada M General en 1949, será siempre ¡la Madre!.
Un año después hará su primera profesión y el primer destino de la recién profesa es el Colegio Montserrat en Barcelona. Al pie del Tibidabo, de cara al Mediterráneo, en una situación estratégica, M. Pilar sueña con un gran colegio que sea también sede de formación para las religiosas jóvenes y quiere a su lado a la que tan bien comparte esos ideales. Poco tiempo después la Congregación abre un nuevo colegio en la ciudad Condal, en la calle República Argentina, el Colegio Núria. La comunidad del Colegio Montserrat se encargará de él. La gran vocación de educadora, forjadora de caracteres, ya ha comenzado para M. Cecilia.
La profesión perpetua el 4 de septiembre de 1933 marca un hito especial en su vida. Para siempre. El lema "no crearse problemas ni creárselos a Jesucristo" le durará toda la vida. Y ante cualquier dificultad, desde este día, la reacción habitual se traducirá en pocas palabras: "para este momento he venido a la vida religiosa". Mucha fe y mucho coraje detrás de dos sencillas afirmaciones. Todo un programa de vida.
1936. la guerra civil española vino a interrumpir la buena labor educativa. Hay que dejar las casas religiosas. La voz del Obispo de Barcelona, el obispo mártir, Dr. Irurita aconseja que se pongan a salvo. M. Cecilia vuelve a Sant Llorenç de la Muga, su pueblo. M. Soledad, su hermana, se queda en Barcelona. El dolor, la incertidumbre por la suerte de las demás, la preocupación por los acontecimientos, no le privan de ponerse a dar clase y preparar para los exámenes a algunos alumnos y alumnas que siempre sacarán buenas calificaciones. Su porte, como el de M. Pilar, dice muy claramente su identidad religiosa. No la niega cuando el director del instituto le pregunta si es monja, y aquel buen profesor no se impresionó por la respuesta: sí, soy religiosa. Años más tarde, acabada la guerra, M. Cecilia intercederá por aquel profesor que le examinó a sus alumnos, y conseguirá para él el indulto.
La Congregación busca caminos fiada de la Providencia y, mientras M. Pilar Mas, desde Génova, tramita la vuelta a España con el Sr Obispo de la zona nacional que primero le brinde esta oportunidad, M. Cecilia desde su pueblo reza, escribe y añora a todas las religiosas. Las noticias de M. Pilar y las demás religiosas escasean. Conservamos una preciosa carta, llena de ingenio. "Mi maridito siempre optimista cual corresponde al más audaz de los soldaditos republicanos..." ¿quién podría deducir que era una carta de una religiosa dirigida a su Madre General?
La entrega a Dios fue radical y así lo entendió también Nuestro Señor. Tenía que ser probada en la enfermedad la que debía alentar a las que después se encontraran en situaciones análogas. El cáncer asumido desde la fe más encendida le hace decir: "Si convivimos con Jesús en Nazaret, no estaría bien que le dejásemos sólo en el camino de la Cruz hacia el Calvario".
1939 señala el fin de la guerra. Las religiosas vuelven a encontrarse en Barcelona. El gozo, la íntima alegría del momento, sólo se ven un poco empañadas por la realidad que M. Pilar Mas encuentra; faltan las novicias y religiosas que no han vuelto, las casas están muy deterioradas y han sido saqueadas... pero ni M. Pilar ni M. Cecilia son de desalientos. Hay que comenzar de nuevo. Las religiosas que están vuelven a las casas donde las sorprendió la guerra. No se vuelve a abrir el Colegio Nuria -no hay religiosas- y M Cecilia se queda en el Colegio Montserrat, su colegio. Comienza con entusiasmo pero... otra vez la enfermedad. El cáncer sigue activo en la joven religiosa de 37 años que recibe la noticia con la serenidad de los santos. Hay que volver a operar. Los medios son muy escasos pero es inminente ganarle la batalla al cáncer. M. Pilar no puede disimular su entusiasmo al dar la noticia a las religiosas del éxito de la operación: "Si vieran que hermosa y contenta está! Va muy bien gracias a Dios... dice el Doctor Cots que a los ocho días ya podrá venir a casa. "Sin embargo le cuesta reponerse y el clima del Pirineo parece el más adecuado. Irá de nuevo a Sant Llorenç de la Muga, a su casa durante el verano de 1939. Repuesta ya de la enfermedad, sólo le quedó la hinchazón en una mano, la mano que tan bien recuerdan cuantas religiosas sintieron su cariñosa presión sobre el brazo mientras paseaban hablando con ella de todo, porque a la Madre se le podía confiar todo.
Las clases, la atención a las familias, a los profesores, la búsqueda de soluciones para seguir adelante, llenan los dias de M Cecilia que tiene en el Sagrario al mejor Consejero y confidente.
En 1944 muere M. Isabel Aregall, miembro del Gobierno General. M. Cecilia es designada para sustituirla hasta el próximo Capítulo. Directora del Colegio Montserrat, Consejera, educadora, Dios la va preparando para el colofón de su vida.
El 21 de marzo de marzo de M. Pilar Mas ve convertida la presencia de Dios por deseo en plenitud de presencia eterna. Con su muerte, la Congregación pierde a la que por dos veces le dio el impulso renovador. M. Cecilia narra los últimos momentos de la vida de M. Pilar y su muerte en una carta entrañable. En agosto del mismo año, el Capítulo General la elige Superiora General. Le dolió mucho dejar la educación directa de las niñas, pero Dios le pide esta vez más, Excelsior. El lema, plasmado en escudo y cantado en un himno, hablan de su generosidad incansable cuando se trata de darse. Las obras del nuevo edificio para el Colegio Montserrat no le impiden ensanchar la Congregación con nuevas fundaciones y la que bien puede ser definida como "sembradora de altares" comienza ya en 1950 abriendo en la antigua finca donde estuvo el Colegio Montserrat, el liceo San José para hijas de los trabajadores de los Ferrocarriles de Catalunya. El mismo año inaugura en la Laguna una residencia para las Universitarias.
Se sabe Iglesia, se siente Iglesia y lo quiere transmitir tan intensamente que el mismo año 1950, Año Santo programa una peregrinación a Roma para ganar el jubileo y acercar la Congregación y sus alumnas al Santo Padre. El Doctor Gomá aprobó con ilusión el proyecto y colaboró eficazmente a su éxito. Pio XII las recibió en audiencia privada. La Madre le habla con el corazón y le pide anhelante el "Decretum laudis". Fue el regalo del P. Fundador de aquel año. El 17 de diciembre llegó el telegrama del P. Morena, superior general por aquel entonces: "Hoy, vigilia aniversario muerte Padre Fundador, Santa Sede concedió Decretum laudis, Aprobación Instituto. Felicidades. P. Morera S.F." Y con la aprobación pontificia, el nombre Misioneras Hijas de la Sagrada Familia de Nazaret. Y la exigencia traducida en confidencia en una carta de la Madre: "Ser misioneras de nombre cuesta poco..."
1952 es el año del Congreso Eucarístico Internacional en Barcelona. Lo preparó cuidadosamente el obispo Dr. Gregorio Modrego que quiso que el Secretario general fuera el Doctor Gomá. La Congregación y en especial el Colegio Montserrat vivieron muy intensamente este hecho histórico en la iglesia de Barcelona y de España. M. Cecilia, que pedía a sus alumnas que fueran eucarísticamente piadosas, lo vivió y lo hizo vivir a fondo mientras preparaba entusiasmada la expansión misionera.

La respuesta a la llamada de Pio XII a evangelizar Latinoamérica hace que M Cecilia mande cartas a diferentes obispos de distintos países. A los ofrecimientos de M. Cecilia, respondieron los capuchinos de Sibundoy en los Andes colombianos y M. Cecilia no duda en dar una respuesta afirmativa, viendo la voluntad de Dios de que fueran precisamente ellos los que respondieran primero. El 22 de agosto parte la avanzadilla misionera: M. Cecilia y M. Fátima Marco. Su viaje fue una verdadera odisea que la Madre cuenta con mucha gracia en una conocida carta. Dios quiere que no sólo Colombia tenga la presencia de Nazaret y después de mil peripecias las lleva a pasar casualmente por Venezuela. M. Cecilia queda con el deseo de volver. En Colombia, se encontraron dos almas grandes y la amistad con M. Benigna, franciscana que le ofreció todo el apoyo traducido en casa y bolívare; nació en estos primeros momentos de apuro. pero durará siempre.
Bogotá entusiama a la Madre que siempre disfrutó de la altura, del arte, de todo. El Museo del Oro, el Montserrate, las preciosas iglesias del Centro, todo es sorpresa y en una nueva carrera de obstáculos, Cali, Ipiales, Pasto y finalmente Colón.
M. Cecilia confía plenamente en sus religiosas por eso le puede expresar a Fray Plácido: "Aquí las tiene, no le defraudarán ni a su misión ni a Nazaret". La Divina Pastora vela por las primeras misioneras y las familias del Valle de Sibundoy acogen a las religiosas como sólo ellas saben hacerlo. Las anécdotas son tantas que llenan buena parte de la correspondencia de la Madre, que no ceja en su empeño de seguir deseando ser "universal como el Universo" y así de regreso hacia España para inaugurar un nuevo colegio en Melide (A Coruña), pasa por Venezuela. Aquel anterior deseo hace que San Antonio del Táchira, cerca de la frontera, acoja a las Misioneras, que no desoyen la llamada del párroco: "quédense aquí que no hay religiosas". M. Cecilia llega a Barcelona entusiasmada de cuanto ha vivido en esta primera experiencia misionera. En agosto de 1953 San Antonio del Táchira se prepara para recibir a las "hermanitas" que llegaron el 1 de septiembre. La inauguración del colegio se hace con toda solemnidad el día del santo de la Madre, 22 de noviembre, y como el bien es difusivo, bien cerca, en Rubio comienza a prepararse otra fundación.
Ya hay tres colegios en América; pero la Madre no olvida Europa y al mismo tiempo deja una comunidad en Bélgica, el Juvenat du Sacre Coeur en Burnot, cerca de Namur, que facilitará el aprendizaje del francés a las religiosas y posiblemente cursar alguna carrera en la Universidad de Lovaina, tan prestigiosa y cercana; y otra en Galicia, Ferreira del Valle de Oro en la provincia de Lugo.
En 1954, la Madre quería estar en la capital y así al año siguiente inaugura el Colegio Nazaret en Caracas, en San Bernardino. Este mismo año Nazaret comenzará a expandirse por toda la geografía venezolana. Valle la Pascua, Altagracia de Orituco, El Moján -cerquita de Maracaibo- y Punto Fijo en la árida península de Paraguaná. Las anécdotas de las fundaciones son entrañables. Hablan de entrega, generosidad, sacrificio, alegría, vida de familia, heroicidad hecha sencillez de cada día y al calor de tanta entrega, nacen muchas vocaciones. La Madre y sus misioneras contagian ganas de entregarse sin medida.
1955 lleva a la Madre, de nuevo, a Colombia. Para que la Comunidad de Colón no quede tan lejos la Congregación, asume una escuela en La Victoria, cerca de la frontera con Ecuador, bajo la mirada amorosa de Nuestra Señora de Las Lajas. El mismo año sigue la obra iniciada en Venezuela. Cerca de San Antonio, una nueva fundación, Táriba, bajo la advocación de Nuestra Señora de la Consolación que desde su Basílica será testigo de una hermosa ceremonia toma de hábito, de profesiones temporales y perpetuas. Le gustó tanto a M. Cecilia que pondrá allí el noviciado que ya se le hace necesario porque las vocaciones se multiplican. Y Michelena tendrá también su escuela mientras prepara una nueva fundación en Caracas. La Residencia Universitaria UCAB. El deseo de la Madre de estar en el mundo universitario va a hacerse realidad de nuevo. Y también en España, al pie del santuario de Nuria en el Pirineo inaugura un colegio de alta montaña en Ribes de Fresser. Es que las cumbres siempre ejercieron atracción sobre M Cecilia.
1956 lleva a la Madre a Europa una vez más. Los Padres del Sagrado Corazón le piden religiosas para su casa de Claire Fontaine. Se inaugura en el mes de junio mientras la Madre prepara con el jesuita P. José Maria Velaz -alma de la magna obra de Fe y Alegría- la dirección de un colegio de Fe y Alegría en Punto Fijo. Allá donde se termina el asfalto, con Fe y Alegría, irá también M. Cecilia con sus religiosas a llevar la educación y la fe. Dos grandes personalidades, dos religiosos hasta el heroismo, dos inteligencias preclaras y dos voluntades al servicio de Dios y de la iglesia, dos almas grandes: el P. Velaz y M. Cecilia compartieron objetivos comunes. Por eso Nazaret sintió suyo Fe y Alegría y el P. Velaz veló por Nazaret.
En 1957 otra capital venezolana siente el abrazo amoroso de Nazaret, Maracaibo. En una céntrica avenida de la capital del Zulia comienza otro colegio, mientras M. Cecilia prepara la dirección de otro colegio de Fe y Alegría en Caracas y la de la Casa de Ejercicios que los jesuitas tienen en Pasto, cerca de Colón.
Durante 1958 siguen las fundaciones; una no lejos de Caracas, en Guarenas, donde las religiosas van a dirigir el colegio Parroquial; y el mismo año, Madre Cecilia manda a sus religiosas a dirigir la residencia de la Universidad Central, en el mismo corazón de la ciudad universitaria. Y todavía ese mismo año dos colegios más Rio Chico y Punta Cardón (filial del San Francisco Javier de Punto Fijo). Admira la gesta de M. Cecilia que en tan pocos años fue capaz de llevar a cabo tantas obras con medios tan escasos. Contaba, eso sí, con los mejores, Dios y "sus monjas".
M. Cecilia creció muy deprisa en santidad, por eso Dios no tuvo espera y quiso llevársela pronto a su lado. En un "amanecer sin ocaso", bajo la piedra de un altar, llegó, a la presencia de Dios, M. Cecilia. El 9 de marzo de 1959 fue el momento del abrazo que ella había deseado tanto. Su obra había terminado en la tierra, dejaba su sello, su carácter, la impronta de su ser de Nazaret en las que la conocieron y quisieron.